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Cuba y los huracanes: ¿Por qué necesitamos ciencia, tecnología e innovación?
El reciente paso del huracán Irma nos confirma la necesidad de contar con capacidades nacionales en ciencia y tecnología (potencial humano e infraestructura) en áreas como meteorología, hidrología, energía, ingeniería ambiental, gestión de desastres, cambio climático, entre otras. También nos recuerda que el pueblo cubano vive orgulloso de sus científicos, tecnólogos e innovadores.

La visión de construir una sociedad de hombres y mujeres de ciencia, de pensamiento, que nos inculcó Fidel, se ha impregnado en la cultura y la identidad nacional como rasgo distintivo y propio, también escudo y espada, enaltecedor del proyecto de nación desarrollado por la Revolución.

Esta realidad que para muchos cubanos puede resultar natural, es por el contrario atípica en el contexto de los países del Sur, donde de manera general la investigación científica y tecnológica de alto nivel es percibida como algo que se realiza fuera de sus fronteras. Los “hombres de ciencia” son entonces los expertos foráneos y las agendas de investigación–desarrollo nacionales apenas reflejan las prioridades nacionales y las necesidades imperiosas de las grandes mayorías. La vitoreada Sociedad del Conocimiento es esencialmente una Sociedad Capitalista del Conocimiento, con claras reglas definidas desde el Norte y donde impera la visión neoliberal del desarrollo y la privatización.1

En este contexto, es casi una proeza que las naciones subdesarrolladas cuenten con capacidades nacionales de Ciencia y Tecnología. La mala noticia es que no basta con tenerlas. No basta con la Ciencia. Necesitamos Tecnología. Necesitamos Innovación. Son temas muy estrechamente vinculados, pero a partir de dinámicas complejas, por encima de linealidades aparentes, en las que intervienen multiplicidad de actores y en su sentido más amplio, la sociedad en pleno.

A esta red de instituciones que producen, utilizan y difunden el conocimiento en el entorno nacional, así como a sus interacciones, se le denomina Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación. Esta noción de Sistema Nacional de Innovación surge en el contexto de los países del Norte y no refleja las particularidades de las instituciones y sociedades del Sur, pero ha constituido una herramienta de importancia para fomentar el rol de la CTI para el desarrollo nacional, al menos en el ámbito político.

Si asumimos la Innovación como la capacidad para resolver problemas (nacionales, institucionales, personales), la ciencia constituiría entonces un activo mayor, esencial, diferenciador y clave, pero no el único. En muchas ocasiones no el limitante. Para la innovación el nuevo conocimiento es vital, pero lo es también el nuevo uso de conocimiento no necesariamente novedoso. Está en el Heberprot–P, orgullo de la biotecnología cubana y en el frijol negro del guajiro que introdujo una práctica sostenible. En el pronóstico meteorológico del Huracán Irma, el proyecto del Trasvase Este–Oeste y el Programa de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático Tarea Vida–. En nuestros médicos combatiendo el ébola, nuestros maestros alfabetizando en quechua y en nuestro empeño por construir la mejor sociedad posible.

En Innovación no hay actores pequeños, como nos enseñó Fidel promoviendo el Forum y la ANIR. Innovar para exportar es esencial para países de limitado mercado interno como Cuba, pero igual de trascendente es innovar hacia adentro, procurando utilizar todo el conocimiento disponible para mejorar la producción de bienes y servicios. En este sentido, ningún sector de la economía puede ser excluido; ningún producto, ya sea nuevo o tradicional. Lo importante no es si se trata de transporte, construcción, agricultura, comunicaciones, industria o servicios; de empresas estatales, cooperativas o trabajadores por cuenta propia, sino de producir con mayor o menor valor agregado por el conocimiento, esto es: Innovar para el desarrollo. Lógicamente, el esfuerzo nacional debe enfocarse en aquellos sectores económicos estratégicos definidos en el Plan 2030.

Muy estrechamente vinculada a la innovación y por supuesto a la ciencia está la tecnología. La tradición latinoamericana y en general del Sur, que apostó con pocas excepciones a las políticas de industrialización por importación de tecnologías, ha condicionado de manera importante el acercamiento actual a este asunto en nuestras sociedades, observándose de manera general una preferencia a la importación en desmedro de los esfuerzos nacionales de producción y un tejido empresarial poco integrado y colaborativo en términos de innovación tecnológica, aun cuando se reconoce las limitaciones de tecnologías foráneas para responder a los entornos específicos. En muchas naciones, el propio proceso de asimilación y difusión tecnológica se ve afectado por la debilidad de las capacidades nacionales en Ciencia y Tecnología.

Las dificultades económicas que ha atravesado Cuba y en particular el bloqueo, han limitado de manera importante las capacidades tecnológicas e industriales del país, incidiendo negativamente en la estructura de nuestras cadenas productivas nacionales y en su inserción en las internacionales. Las propias condiciones del subdesarrollo y las barreras técnicas al comercio impuestas por los países del Norte, contribuyen a dificultar la incorporación de países periféricos a estos cotos tecnológicos prácticamente exclusivos de empresas transnacionales.

El desarrollo de la Biotecnología cubana resulta una extraordinaria excepción, reconocida internacionalmente por la Revista “Nature” en 2009 como la más promisoria en países en desarrollo. El prestigio internacional del Sistema Nacional de Salud de Cuba, el elevado nivel de nuestros médicos y profesionales, la creación y maduración de prestigiosos centros de investigación en ciencias básicas y aplicadas y la conducción personal del líder histórico de la Revolución Cubana Fidel Castro, son algunos factores que explican este resultado. Es además ejemplo de una concepción de Sociedad Socialista del Conocimiento.

Sin embargo, ni siquiera la biotecnología puede prescindir de importaciones. Ningún país es autosuficiente en tecnología, ni lo será. El propio concepto de Soberanía Tecnológica no se asocia a producirlo todo nacionalmente. Lo realmente importante está en el valor agregado por el conocimiento de lo que exportamos e importamos y esto está definitivamente vinculado a las capacidades nacionales en ciencia y tecnología con que contemos. Los campos de la ciencia y la tecnología que abordan las más de 200 entidades de Ciencia, Tecnología e Innovación y las 52 universidades del país, aportan elementos de juicio sobre nuestras fortalezas y debilidades en este ámbito.2

En última instancia se trata, hablando en términos de Política Tecnológica, del necesario equilibrio entre la tecnología que importamos y la que producimos nacionalmente, lo cual es obviamente muy difícil de cambiar en un corto plazo, en tanto requiere de un esfuerzo denodado, cotidiano y sacrificado de fomento y atención. Esta visión no puede ser cortoplacista, como no lo es el propio desarrollo –máxime si aspiramos a que sea sostenible– y debe concebir espacios para la generación de tecnologías y soluciones apropiadas a las condiciones concretas de regiones y localidades, que aprovechan las experiencias, los procesos de aprendizaje y los recursos del entorno y potencian la innovación y el desarrollo local.

La convergencia entre las políticas científica, tecnológica, de innovación, económica, financiera, industrial, energética y ambiental, entre otras, son absolutamente relevantes para desarrollar y mantener las capacidades nacionales en Ciencia y Tecnología. La visión de mediano y largo plazo es tan definitoria, que internacionalmente se conocen como “políticas de jardinería”.

Una muestra reciente del aprovechamiento de capacidades nacionales en el ámbito científico y tecnológico, resultó la maniobra del Despacho Nacional de Carga de la Unión Nacional Eléctrica para garantizar la vitalidad del Sistema Electroenergético Nacional, luego de las afectaciones del huracán Irma, primero operando islas por regiones, combinando termoeléctricas con grupos electrógenos y luego integrándolo en su totalidad en breve plazo, aun sin contar con la mayor termoeléctrica del país.

Curiosamente, 2 de los 6 Premios Nacionales de Innovación otorgados por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente en 2016, fueron a manos de los energéticos, producto de investigaciones conjuntas con el Centro de Investigaciones y Pruebas Electroenergéticas (CIPEL) de la CUJAE y el Centro de Estudios Electroenergéticos de la Universidad Central “Martha Abreu” de Las Villas. Ambos trabajos contribuyeron al monitoreo y análisis en tiempo real del Sistema Electroenergético Nacional.

Entre tanto, Cuba se recupera, nuestros hombres y mujeres de ciencia y de pensamiento científicos, tecnólogos, innovadores: cada cubano y cubana dignos– vuelven a sus labores de construir entre todos la mejor sociedad posible, una sociedad socialista del conocimiento, inclusiva, donde el fin de la ciencia, la tecnología y la innovación no es otro que el ser humano, el pueblo.

Notas:

1. El autor recomienda la lectura del libro: “Subdesarrollo e Innovación. Navegando contra el viento”, de Rodrigo Arocena y Judith Sutz, 2003.

2. El Registro Nacional de Entidades de Ciencia, Tecnología e Innovación de Cuba, incluye 206 entidades: 131 Centros de investigación, 19 Centros de servicios científico–tecnológicos y 56 Unidades de desarrollo e innovación (cierre Agosto 2017).
Fecha:
Jueves, 12 de octubre del 2017
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